LA CONDICIÓN HUMANA: ASIMOV EN MI CORAZÓN
‘La condición humana’, de Ramón Galí, fue el microrrelato ganador
del concurso de ciencia-ficción del periódico El Mundo
el 10 de junio del año 2002,  bajo el seudónimo Telémaco Moon 1.

¿Sonrisa? de la Gioconda

Lágrimas surcan mi rostro mientras los ecos de deliciosos acordes se erigen como la banda sonora de mi triunfo mundial. Tras miles de especimenes analizados en toda una vida, concluyo mi trascendental estudio y sin duda el más completo hasta la fecha, afirmando que ningún robot o ser artificial poseyó, posee o poseerá el más mínimo rasgo que lo identifique con la condición humana. Seis mil folios avalan minuciosamente, con el método científico, dicha afirmación; jamás podrá ser rebatida por mis detractores a los cuales, perdono pero no olvido sus calumnias. Doble angustia e incertidumbre; ¿viviré para ver publicado mi trabajo? Si no es así, ¿simplemente me espera la no-existencia? El sueño de la inmortalidad llama anhelante a mi puerta. Te ama, ISC9000.

(c), 2002 Ramón Galí. Relato cedido por la revista Tiempos Futuros Future Times.
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DOS MICROVATIOS: LA SEMILLA DE  ‘HYPATIA Y LA ETERNIDAD’
‘Dos microvatios’ fue el microrrelato ganador del concurso de
ciencia-ficción del periódico El Mundo el 12 de junio del año 2002.
Además, fue el germen, la semilla que inspiró a su autor, Ramón Galí
(Seudónimo, H. Freeworld), para escribir su novela ‘Hypatia y la eternidad

Carlomagno (Versalles)

La Confederación de Mundos Inteligentes incluye a la Civilización Terrestre en la lista de Microinjerencias Controladas Aceleradoras Evolutivas para así asimilarla como miembro lo antes posible. Estudia su Historia y detecta en qué punto exacto el insignificante microvatio de energía autorizado provocará el cambio mundial que, por progresión geométrica, acelerará más su desarrollo tecnológico. Año 47 AC: La Biblioteca de Alejandría se salva de la quema porqué una fuerza desconocida apaga la primera chispa. Miles de volúmenes salvaguardados. Año 722 DC El Cyberpapa Adriano I manda un email a Carlomagno para que le defienda de Desiderio en plena Era De La Luz. Algo evita la batalla en Italia. Desiderio recibe un SMS en su móvil que le disuade: “Rendíos o morid :-( Carlomagno”.

(c), 2002 Ramón Galí. Relato cedido por la revista Tiempos Futuros Future Times.
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MEMENTO (2000) Ó CUANDO EL MONTADOR SE FUMÓ DE TODO
“Tengo que creer que cuando mis ojos están cerrados el mundo sigue ahí”
“Todos necesitamos recuerdos para saber quienes somos”
“El presente es trivial y lo apunto en jodidas notas”
LEONARD SHELBY

Memento” es un delirio asombroso, un accidente del montador, un dejà vu antitético, un puzzle inverso, una genialidad inventada ¿bajo el efecto de psicotrópicos?, un juego interactivo para la mente, una película bidireccional: El espectador se convierte en un personaje más de la película pues es el que ensambla la historia, codeándose con los protagonistas para obtener su objetivo. El filme cuenta con dos particularidades que se amalgaman alumbrando una obra extraordinaria, al margen de oropeles (Globo de Oro y dos nominaciones al Oscar). La primera no es más que lo increíblemente original del planteamiento:

Memento4

Sammy Yankies se escribía un montón de notas pero no le servían”. “Lesión en el hipocampo por accidente de tráfico. No creaba recuerdos nuevos, no podía recordar nada más de dos minutos y podía hacer cosas complejas que hubiera aprendido antes del accidente”. Dicen que los entomólogos, de tanto estudiar a los insectos, terminan pareciéndose a ellos, en sus costumbres y en su fisonomía. Leonard Shelby, inspector de seguros, estudió su caso y terminó por convertirse en el objeto mismo de su estudio: (1)Un hombre con la capacidad de recordar amputada y que recurre al autotatuaje, no sólo para sobrevivir, sino para desenmarañar el asesinato de su mujer. El laborioso procedimiento de cómo él va construyendo la verdad, casi artesanal, es para quitarse el sombrero. Lenny quizá fue castigado por Mnemósine, diosa de la memoria en la mitología griega, pues con ella todavía intacta hizo lo imposible para que el señor Yankies no cobrara un centavo del seguro.

Memento4

Cuando nos dirigimos hacia el futuro las posibilidades infinitas, como los senderos que toman los afluentes de un río pero, cuando lo hacemos atrás, remontando las aguas del tiempo, nos encontramos con único ramal, una sola posibilidad. (2)En “Memento” se invierte el principio de causalidad y se cuentan primero las consecuencias y luego las causas que las originaron. Y en medio el cerebro del espectador echando humo para deducir los “porqués” teniendo delante los “qués”.  La solución al jeroglífico la encuentra en la última pantalla, que es la primera pues la pelí está al revés, es decir que sucede como en los cuadernos rompecocos de juegos de la mente que compramos en los quioscos. Los últimos serán los primeros, primero las lágrimas y luego el tormento. Nos encontramos ante un singular thriller psicólógico orillando la ciencia-ficción, con una estupenda banda sonora a cargo de David Julián (“El Truco Final” 2006), perfecta fotografía (Wally Pfister), basada en una historia cuyos mimbres enlazó magistralmente el hermano del director, Jonathan Nolan. Este, Christopher, se inmortalizó en el cielo de los cineastas nada más concluir su rodaje: Acababa de crear un objeto de culto. Sin artificios digitales, si la película fuera un juego sería sin duda uno de construcciones de Lego, cuyo montaje es totalmente poliédrico (“Que grande es el cine”) y la clave de su éxito. Si fuera una forma geométrica se podría representar por un alambre retorcido que presenta múltiples bucles. Ya se había hecho antes pero Tarantino cogió un hacha ensangrentada y troceó el orden cronológico de su “Ficción Pulp”, de forma magistral: Desde entonces hasta “Memento” no habíamos visto hacerlo con tanta genialidad. Ambas, aportaciones indispensables a la historia del celuloide: Si no hubieran sido ellos en 1994 y 2000 otros genios del futuro, tarde o temprano, hubieran tenido que rodarlas.

Memento3

Guy Pearce, en el papel de Leonard Shelby, (El poli listo de L.A. Confidencial ó el viajero de La Máquina del Tiempo) realiza un trabajo impecable al que es difícil ponerle algún “pero”. Su metamorfosis, de avezado Inspector de Seguros a hombre “sin disco duro” a una piltrafa mental, es perfecta. En su nuevo estadio, y siguiendo con el símil informático, dispone tan sólo de una memoria “RAM”, es decir, que borra o resetea su contenido cada vez que se apaga (duerme). “Utilizo los hábitos y la rutina para poder vivir” “Es difícil vivir así, casi imposible” “La memoria no es fiable” “La memoria puede cambiar la forma de una habitación o el color de un coche” “Aprendes a confiar en tu letra” “Hechos, me baso sólo en los hechos” (plasmados éstos en orden cronológico y en blanco y negro en una conversación telefónica). Estas frases, extirpadas del protagonista, dan cuenta de su modus vivendi, tras aquejarle la enfermedad que en psiquiatría se denomina Perdida de la Memoria Reciente. Lo inmediato, el “all we have it’s here and now” (sólo tenemos el aquí y el ahora) del “Up where we belong” de Joe Cocker, lo inmediato, es el tesoro más preciado de Leonard “Lenny” Shelby. Pero tal estadio debe ser algo parecido a lo que nos reserva el infierno: “¿Cómo puedo cicatrizar mis heridas si no siento el paso del tiempo?”. Más que un drama la película es un dramón descarnado, disfrazado de thriller alternativo; lo que pasa es que no lo parece porque la cabeza de ninguna chica es la que está en esa caja y la enfermedad que presenta es aséptica, inane, sin color, olor, ni sabor. Nada de metástasis galopantes…aunque quizás algo peor: Nos quitan la memoria y nos quitan todo. El Alzheimer es la desintegración del ser, del yo. Nuestros recuerdos, son lo peor y lo mejor que tenemos. Somos nosotros. La fragilidad humana queda de relieve, quizás como pocas veces en la historia del celuloide. “Ese es quien eras” le dice el excelente actor Joe Pantoliano (Tedy), desde su inquietante papel.

Memento4

Como decía al comienzo es el espectador quién, en verdad, tiene que montar el film en su mente por lo que no descartemos que algún espabilado pidiera a la productora su parte proporcional de la recaudación. Y quizás se le ocurrió la idea porque en la movie sus (pocos) protagonistas se mueven en un sórdido mundo del hampa, de pistolas, en un mundo sin ley, marginal, de casas en ruinas en las afueras donde uno ajusta sus cuentas al margen de la poli. “Deshazte de él” es la consigna. La traición y la soledad son los espacios naturales donde evolucionan los diferentes personajes, de gatillo fácil y pocas palabras, que no tienen ningún escrúpulo para mentir, timar, chantajear, manipular, vengar o dejar a quien sea viendo “como crecen las flores desde abajo antes de que se enfríen sus pisadas”. Sin embargo, en casi todo ellos asoma, entre esa turbia maraña que define lo peor de la condición humana, algo de piadoso, algo de lo mejor de nuestra condición, que en principio de eso también hay, ¿no?: (El del motel que le acaba de timar: “La próxima vez que pague pida un recibo”. Lenny le dice a la mujer de Sammy Yankies lo que quiere escuchar…). El filme es una extrañísima historia de una venganza en la que tú ya sabes si se consuma y cómo, incluso el quién. Desconcertante. Una extraña sensación.

Memento1

Y siguiendo barriendo para casa, el tema de la memoria, de los recuerdos, del paso del tiempo es casi consustancial, ha ido de la mano siempre, al de la historia del arte, cualquiera que sea su manifestación aunque en especial en el cine y la literatura. De las miles de obras que abordan implícita o explícitamente el tema recomiendo tres pequeños cuentos, además del que conduce el anterior enlace, Vivir es llegar, Morir es VolveryRecuerda que Olvidaste”. Los encontrarán a una distancia de un solo golpe de clic en esta misma revista y que tienen mucho que ver con el desarrollo del film que comentamos hoy, “Memento”. Muy recomendables: recuérdenlo, tatúenselo en un lugar visible. Aunque lo del boli “bic” y la aguja no me parece muy higiénico, la verdad.

Memento4

Hablando de tatuajes éstos, junto a sus fotos y anotaciones se convierten en las neuronas no operativas que le fallan al cerebro del protagonista, en su prolongación. Aunque…, ¿no nos pasa a todos lo mismo? Piensen que, en general, de un viaje del que carezcan de recuerdos físicos, material gráfico o escrito sólo recordarán cuatro tópicos y, a veces, ni eso: Quizás nunca existió. Lo que sucede con Leonard Shelby es lo mismo pero a escala “cronomicroscópica”. Sus días son nuestras décadas a nivel cognoscitivo. De repente puede amanecer en medio de un aparcamiento corriendo paralelo a un individuo: “¿Me persigues o te persigo?”. O al lado de una bella mujer sin saber ni quién es ni cómo ha llegado hasta ahí (¿no es esa una fantasía sexual muy común?) Ella, la nebulosa Carrie-Anne Moss (Nataly): “La próxima vez que me veas te acordarás de mi? Yo creo que si (…se engaña a sí misma aunque el niega con la cabeza)” Quizás por rabia añade: “Aunque consigas vengarte no lo recordarás”. Pero Leonard Shelby lo tiene muy claro: “El mundo no deja de existir cuando cierras los ojos”.

Memento2

Y para muestra un botón. Pongamos el microscopio sobre un simple detalle argumental deslumbrante, dedicado especialmente a los que dicen que “Memento” no valdría nada si hubiese sido narrada en un orden cronológico convencional: La mujer de Sammy Yankies, diabética, decide desesperada por la enfermedad de su marido resolver definitivamente la situación. ¿Cómo? No sé lo diré por si no han visto esta obra maestra pero sí diré que el mismo método de resolución es, al tiempo, la prueba definitiva de que la situación es insostenible. Ingeniosísimo es una palabra que se queda corta. Chico, es que a veces las neuronas, más que hacer sinapsis entre ellas hacen fuegos artificiales. Para rematar la faena Jonathan Nolan realiza un doble salto mortal, pues “el malo” usa lo ocurrido para hacer creer a “Lenny” que…¡un momento! Si han cometido el pecado de no ver “Memento” es este el momento de redimirse. Ah, dos veces, es lo obligado pero, no se preocupen: Las sensaciones serán diferentes. En la primera hilvanarán y en la segunda podrán realizar el pespunte, e incluso, un bordadito muy mono. Sin decir nada sustancial, más miel en sus labios, otro botón: ¿Quién mató a Jimmy Grans, novio de Nataly? Se trata de la última persona que un espectador civilizado y curtido en mil pelis imaginaría. Ya saben, a verla de cabeza.

Memento1

Para acabar una recomendación y dos tonterías: Si la película se ve en casa háganlo del tirón o infieran una muesca donde se abandonaron el visionado en las interrupciones. Si no lo hacen así es materialmente imposible saber donde se quedaron por la estructura inversa con la que se narran los acontecimientos. Va la primera tontería: Los jefazos, el gran poder que mana “de arriba”, que sugirieron que realizara la crítica al revés, supongo que por joder, con perdón a los niños que estén leyendo esto. Por ese mismo motivo presenté lo que acaban de leer y dije, simplemente: “Si aplicas la inversa a algo inverso…¿cómo se queda? Segunda: ¿Se imaginan que todo fue un gran error en la sala de montaje? ¿La cara de idiota que se nos quedaría sería parecida a la que tuvimos al ver “Memento”?

(c), 2010 Ramón Galí. Crítica cinematográfica cedida por la revista Tiempos Futuros Future Times.
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EL TIEMPO EN SUS MANOS (1960)/ LA MÁQUINA DEL TIEMPO (2002)

“Durante un millón de años los hombres vivieron y murieron
por sus sueños para que ustedes se dediquen a comer, nadar y bailar”
“El pasado del hombre fue una denodada lucha por sobrevivir…pero hubo momentos en el
que hubo unas pocas voces que hablaron y en esos ratos momentos hicieron la Historia…”
GEORGE/ROD TAYLOR

Unos versos de José Hierro nos abruman: “Al final, todo fue nada, aunque lo fue todo…” Probablemente se refieran a la muerte de un individuo pero perfectamente aplicable son, asimismo, a la muerte, la desintegración de la impronta humana. Aterroriza pensar que toda la obra, toda la cultura, todo el esfuerzo de todos nuestros antepasados se reduzca a polvo algún día. La desidia, la indolencia humanas tendría/tendrá para nosotros el mismo efecto que un asteroide aniquilador como el que acabó con los dinosaurios.

Los viajes en el tiempo son a los escritores de ciencia-ficción como los animales para los niños: Fascinantes en grado sumo. Cualquiera que se precie debe tener, al menos, una obra que aborde desplazamientos a través de la cuarta dimensión. Todo humano ha pensado en ello alguna vez pero esta subespecie se estruja sus meninges al respecto de forma compulsiva/obsesiva. Herbert George Wells no fue el primero, pero sí pionero en la era moderna en construir con su pluma, en 1895, una “La Máquina para explorar el tiempo” creíble para sus lectores. Con una mirada estrábica, camaleónica, si quieren, con un ojo puesto en los últimos descubrimientos en física (a cargo, entre otros, del físico holandés Hendrik A. Lorentz, Nóbel en 1902, poniendo alfombra roja a Albertito Einstein y su Teoría de la Relatividad a punto de salir del cascarón) y con otro ojo en el papel dibujó un futuro más allá del siglo 8.000; éste sería el peor de los apocalípticos posibles pues el infierno que soñó Dante es Disneyland comparado con uno en el que hayamos olvidado totalmente lo que fuimos, mientras nos comemos unos a otros.

La versión cinematográfica de su obra de 1960 (Metro Golden Mayer) comienza con un baile de diferentes tipos de relojes, en Londres, en el ocaso del siglo XIX y de la época victoriana, introduciendo la magnitud clave que será epicentro de todo el filme: El tiempo. La versión de 2002 (Warner), muy inferior (aunque injustamente tratada), también comienza con un reloj, aunque está ubicada en el Nuevo Mundo, Nueva York. Casi al comienzo las dos versiones toman senderos temporales diferentes pues, en la antigua, un resplandeciente Rod Taylor/George viaja directamente hacia el futuro, mientras en la moderna un profesor chiflado, Guy Pearce/Alexander, hacia el pasado ¿se cruzarían? Al primero le motiva el amor por la ciencia, por lo desconocido, “¿Puede el hombre cambiar las cosas que están por venir?”, se pregunta. “No me importa la época en la he nacido. Prefiero el futuro”, afirma. Para el nuevo “viajero”, enchufado pues se cartea con un agente de la oficina de Patentes de Berna, tan poco pragmático como el primero (y que también “le salva” una diligente ama de llaves), es el amor o la pérdida de éste lo que le incita a sumergirse en el pasado para intentar fútilmente cambiar su presente: No puede y con sólo dos “viajes” lo comprueba. El destino está escrito según esta versión, recogiendo la enseñanza de teología cristiana de la predestinación o, sencillamente, el principio de causalidad aristotélico (un seguro anti-paradojas). Por eso comentaba que la segunda versión está infravalorada pues explora nuevas posibilidades que se le escapan a la anterior, convirtiéndola en complementaria. En la primera, en la entrañable (no en vano todas las citas iniciales de esta crítica pertenecen a esta versión), no abordan esta deriva a pesar de que Taylor tiene “todo el tiempo del mundo”: bastante tiene con el futuro.

Rod Taylor

Respecto a la atmósfera que se respira en ambas películas es excelente, con tintes modernistas (como el invernadero/laboratorio o los propios vehículos temporales), aliñadas con bandas sonoras más que correctas. El Technicolor de la antigua hace que juegue con ventaja, al igual que por contar con el Spielberg de la época, un George Pal soberbio. Para los amantes de las anécdotas la primera versión y su director/productor, Pal, es citada explícitamente en la segunda, junto al propio autor de la obra HG Wells, Harlan Elison e Isaac Asimov y la banda sonora de Andrew Lloyd Webber, al hablar de las obras de ficción que abordaron el viaje temporal. Lo hace un “fotónico”, un bibliotecario virtual que se erige, a nuestro juicio, como hallazgo genial del remake. Salvo en películas de humor no recuerdo tal pirueta argumental en ningún film de la historia del cine. Otra curiosidad: La segunda cinta fue dirigida por Simon Wells, bisnieto del autor del libro sobre el que se basan ambas.

La “Ventana indiscreta” de Hitchcock (1954) parece presente en ambas versiones siendo sustituido el voyeur James Stewart, que contempla como evolucionan sus coetáneos por las tres dimensiones, por unos viajeros temporales que espían desde su atalaya invisible como ¿avanza? el mundo a través de la cuarta. El escaparate de la tienda de modas es el genial termómetro que mide las tendencias a lo largo de las décadas, con más énfasis en la versión de 1960: “Me pregunté hasta donde serían capaces de llegar las mujeres”. Las velas y caracoles ¡ corriendo ! (1ª), la eclosión de las flores, de la vegetación y ciclos solares (ambas), el paso de los periodos geológicos (en ambas, pero sorprendentemente resuelto en la 2ª, teniendo la DreamWorks toda la culpa) son también los indicadores del paso del tiempo, deslumbrantes para el espectador.

En ambas cintas las primeras incursiones de los viajeros temporales hacia el futuro son frustrantes, desalentadores: Guerras y destrucción, introduciendo el remake la variante más que cuestionable de la destrucción de la Luna debido a una explotación indebida…que se cae a pedazos…literalmente. Quizá el efecto análogo en la que protagoniza Rod Taylor sea la violencia tectónica desencadenada a partir de nuestros desmanes, “respondiendo a la violencia humana”. El tono prebélico quizá responda al clima posbélico y ¿prenuclear? de guerra fría en el que fue rodada. ¿El equivalente de principios del siglo XXI sería el cambio climático presuntamente originado por el hombre? Las alarmas, las sirenas, son el denominador común de todas sus incursiones al futuro: La especie humana no ha aprendido nada.

Rod y la chica del futuro

Sigamos hacia delante. Venga… ¿les parece bien el año 802.701 por la mañana? (913.812 en la segunda, ¿qué mas da? 111.111 años más que en la primera versión, otra anécdota) La apuesta de Wells es arriesgada en grado sumo y les recomiendo el editorial de Tiempos Futuros donde se detalla lo complejo que es adentrarse en un futuro tan lejano; que si le quita 800.000 años podría haber contado la misma historia, vamos. La humanidad se ha escindido en dos subespecies, eloi-mansurrones, bucólicos-y los temibles morlocks-“neandertalizados”, caníbales. Éstos, a pesar de su aparente menor inteligencia, se alimentan de los primeros sin rubor, pues como las hormigas disponen de una organización perfecta, una maquinaria bien engrasada-literalmente-mediante la cual por una puerta entran en la cinta trasportadora los que empiezan a peinar canas y por otra salen sus huesecitos. Extrapolando y siendo políticamente correcto, los morlocks y los eloi ¿serían los ricos y los pobres de nuestro tiempo? No lo sé ni me importa, la verdad.

El caso es que nuestros viajeros Taylor/Pearce averiguan que la especie humana, no sólo no ha aprendido nada, sino que ha olvidado todo lo anterior. Ni saben lo que es el fuego, ni saben leer, ni saben qué es el pasado. “¿Existe el pasado?” pregunta la ursulina Weena, la chica que bate sus pestañas frente a Rod Taylor (en el remake la cantante irlandesa Samantha Mumba es su homónima). Se encuentra a un tío que ha viajado en el tiempo más de 800.000 años y su gran preocupación es cómo llevan el pelo las mujeres de principios del siglo XX. Esto se obvia en la versión del 2002 pues un regimiento de feministas hubiera puesto el grito en el cielo, con razón. La noche es de los morlocks(1ª): Bajo una estética arquitectónica que podríamos calificar de “neo-maya”, que brota en medio de un paraje selvático, los borreguiles eloi se dejan comer hasta que el héroe de otro tiempo viene a salvarles, dentro de esos templos desde los que se accede al mundo subterráneo. Muerto el morlock se acabó la rabia, el canibalismo y la movida.

Algunas luces y algunas sombras de la segunda versión: Las sombras se centran, a nuestro juicio, en la figura de Jeremy Irons, como actor y como siempre soberbio, pero inscrito en la historia con calzador; una especie de mulo asimoviano con poderes telepáticos, telequinéticos, líder de esa colonia de morlocks, que curiosamente no leer los pensamientos de Guy Pierce destinados a escapar y acabar con él. Es cierto que si esta subespecie no tiene muchas luces alguien tiene que gobernarlos para que sometan a los eloi pero…no sé, no me convence quizás por exceso de teatralidad (no en vano fueron los orígenes del excelente actor británico sobre las tablas). Un destello en medio de esa oscuridad: “Eres el resultado inevitable de tu tragedia… y yo soy el resultado inevitable de tu raza”. Algunas sombras más que desgranaré en el párrafo siguiente, junto a las de la primera versión.

Las luces, sin duda y como ya menté anteriormente, el bibliotecario virtual “fotónico” compendio de todo el saber humano. “Con estos fragmentos he apuntalado mis ruinas” cita a P.D. James, “muy deprimente”. “Henry James…, a ver…”-busca en la “P” el holograma: “Platón, Proust Poe Pinter… Quizás…Heminway,..¡sí!… Julio Verne…” “Imagínese como sería si lo recordáramos todo: Recuerdo el último libro que recomendé: “El Ángel que nos mira” de Tomas Wolfe”. Al final de la película él es el encargado de trasmitir la cultura a esa civilización desmemoriada, comenzando por los cuentos de Twain, para los niños… Por cierto, lo más parecido en literatura a este personaje-Fotónico-, el Bertrand Russell de “Los Océanos de Ío” de nuestro articulista y redactor Voyager. Más que recomendable: Imprescindible.

Como es mi obligación debo mirar con lupa los errores a nivel tecnológico/científico de ambas películas: ¿Qué energía impele a las máquinas del tiempo a través de los siglos? ¿Electricidad? Sí parece pero, ¿a través de un generador autónomo o de la red? En la primera versión, al parecer hay un corte en 1917 en el suministro pero no resuelven como es que sigue viajando una vez nuestra civilización ha quedado atrás, reducida el polvo. Vuelve a detenerse en 1966 a sólo 6 años vista de la realización de la película: Eso en mi pueblo se llama “no mojarse” siendo los autores ultra conservadores a la hora de dibujar el futuro. Una vez Rod Taylor llega a ese futuro remoto encontramos algunos errores antropológico que no se dan en la segunda versión: El más clamoroso es que los humanos son todos rubios y muy blanquitos y, siendo los responsables de tales características genes recesivos, no es descabellado (nunca mejor dicho) pensar que todos seremos, en un futuro remoto mulatos de cabellos oscuros, según apuntan muchos estudios genéticos. Por cierto, no hay mutaciones en los eloi cuestión más discutible en virtud de lo endogámico de su sociedad y su necesidad o no de adaptarse al medio.

La cuestión lingüística clama al cielo pues, de una manera u otra, conservan “la lengua de piedra” un inglés casi perfecto esos humanos de dentro de 8.000 siglos. Bueno, entiendo que la licencia artística es la patente de corso que pudieran esgrimir sus creadores para que tengamos manga ancha al respecto: Que es una peli. Vale, aceptamos inglés como lengua vehicular entre viajeros y “aborígenes del futuro”. En cuando al “atrezzo”, los morlocks de la primera versión, salvo alguna secuencia escalofriante, tienen las manos de trapo en la que casi se les ven las costuras, tipo teleñeco: “Hoooola, soy Morlock y hoy os voy a enseñar la diferencia entre antropofagia y alta cocina.” Sin embargo y gracias a los maravillosos píxeles, los neo-morlocks sí que acojonan que no veas. Se tratan de una especie de “Bob Marleys”, con sus rastas, pero con cuerpo de culturista estreñido y rostro neandertal, ojos de reptil, que saltan como felinos, fuertes y rápidos de narices. El caso es que el conjunto es escalofriante. (Ven como todo en la 2ª no es peor que en la 1ª).

Morlocks

Sin embargo en la última cometen algún error, a nuestro juicio, garrafal, consecuencia de mirarse demasiado el ombligo: ¿Cómo que “Brooklin Bridge”? Mirad, tíos, que ha pasado casi un millón de años. ¿Sabéis qué quedará del puentecito de marras, de la ciudad, del país al que alude indirectamente? Mil civilizaciones más poderosas sucederán al imperio actual por lo que es ridículo pensar que algo quede en pie, piedra sobre piedra. Que las pirámides tienen sólo 4.600 años y ya están medio gastaditas. Algo ya que no tiene nombre es cuando “viaja” al año 635.427.810 por la tarde-noche y ¡cáspita! La máscara gigante sigue en pie. No coments. Por otro lado, bien es verdad que se contemplan (magistralmente en la 2ª, por cierto), el paso de los periodos y épocas geológicas pero una supuesta máquina del tiempo tendría que situarse en la órbita terrestre o en un lugar inmune a los cambios físicos que acaecieran. Bueno, no ricemos el rizo demasiado que va a dar la sensación que no disfrutamos de ambas películas, algo muy alejado de la realidad. Esto último era por fastidiar un poco. Recomiendo “El Universo en una Cáscara de Nuez” de Stephen Hawking, para quien quiera profundizar técnicamente en los viajes temporales. Lo siento, Hawking”, esto te pasa por ser tan didáctico.

Al final de ambas versiones los eloi son liberados. ¿Quién dijo que los monos no hablaban porque si lo hicieran les obligarían a trabajar? Los eloi tienen ahora que buscarse la vida aunque, a cambio, pueden envejecer tranquilos sin estar en la sección de las carnes del menú de los morlocks; los viajeros en el tiempo que los liberaron dieron por hecho que preferirían ese cambio. Bromas aparte, y para concluir, ambas películas se ajustan-más o menos-a la novela de Wells, incidiendo ésta más en ensalzar valores, como la amistad la lealtad, el amor, y teniendo especial sensibilidad en los desequilibrios sociales-en este caso materializados en los eloi-temas que siempre le obsesionaron, así como el la dudosa supervivencia de la especie humana. La novela la escribió en sólo quince días, por encargo, y se convirtió automáticamente un hito en la historia de la literatura. Sus adaptaciones al celuloide, en especial la primera, recogen ese espíritu aventurero e inconoclasta que destilaban las páginas del libro.

¿”El Quijote”, “El amor en los tiempos del cólera” y “Cosmos”? ¿La Biblia, “Hamlet” y la serie “Fundación”? ¿La serie “En Busca del Tiempo Perdido”, “La Odisea” y “La Sombra del Viento”? ¿“Memorias de Adriano”, la serie de “El Clan de Oso Cavernario” y “Los Episodios Nacionales”? Si tuvieran que realizar un viaje en el tiempo,…¿qué tres libros se llevarían?. Uy, qué difícil.

(c), 2010 Ramón Galí. Crítica cinematográfica cedida por la revista Tiempos Futuros Future Times.
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2001: UNA ODISEA DEL ESPACIO. CUANDO A HAL 9000 SE LE INFLARON LOS CIRTUITOS (English version)
“…ya sé que no me he portado muy bien.
Tengo miedo, Dave…”
HAL 9000

Un leopardo yace sobre una cebra muerta en un punto indeterminado de África Oriental, hace varios millones de años. Al felino le refulgen los ojos, como si encarnara al mismísimo lucifer, en una estampa que parece salida del “Nacional Geographic”… Unos australopithecus afarensis de tristes ojos se arrejuntan para atemperar el frío más gélido que se puede sentir, el de la Noche de los Tiempos. Ellos no lo saben pero son los primeros ejemplares que salen de la cinta transportadora de la inteligencia humana, por eso sienten miedo… Un fémur, la primera herramienta, se transforma en una nave espacial. Han transcurrido millones de años: La materia inerme ha sustituido a lo biológico en la acción… ¿controla el Hombre las propias herramientas que ha construido con su inteligencia?

La lanzadera donde viaja el eficaz Heywood Floyd danza con la estación orbital al ritmo de Strauss, ¿me concede este baile? La enorme rueda que gira para generar gravedad artificial es un enorme vestido, el salón, el cosmos…La cúpula, prodigio de la arquitectura espacial, abre sus ocho enormes gajos y lo hace como los de una colosal flor, para que penetre la esférica nave, cual insecto polinizador. La escena podría constituir en si misma el salto en el tiempo de la humanidad, ¿Quizás desde la estática cúpula que concibió Filippo Brunelleschi, para la catedral de Florencia, en el siglo XV? Quizás no.

Uno no se puede morir sin leer “El rey Lear” de William Shakespeare, escuchar el “Concierto para Clarinete” de Mozart o experimentar la inquietante psicodelia visual y sonora del “2001″ de Stanley Kubrick. Adoración o indignación, nada de medias tintas. Además, antes de dejar este mundo uno debería repetir la experiencia para descifrar las incógnitas que quedaron tras el primer visionado. “Hubiera fracasado” si el espectador hubiera asimilado el film a la primera, confesó su autor. “Sois libres de especular acerca del significado filosófico y alegórico de 2001″ añadió, ensanchando hasta el infinito los límites interpretativos del arte, convirtiendo a éstos en algo plástico, maleable, sujetos al relativismo. Ojo, porque estamos ante una obra descomunal, sin parangón, prodigio visual, sonoro y argumental, deleite sublime de los sentidos, poesía cinematográfica que fue concebida por uno de esos tándems-Clarke/Kubrick-irrepetibles, donde tanta genialidad nos supera. La perfección en el 7º arte nadie la conoce, por definición, pero debe parecerse mucho a este film.

El riesgo del crítico al abordar una obra universal es claro: ya se ha dicho ó escrito prácticamente todo del objeto de su crítica. No obstante intentaremos torear este morlaco sin caer ni el tópico ni en la idolatría; mastodonte cinematográfico que, por cierto, en este caso encierra su propia efigie adorativa, el monolito de origen extraterrestre datado en cuatro millones de años. Todo orbita alrededor de él, desde los primeros homínidos, pendientes de su socialización ¿miedo al extranjero?, pasando por Floyd, hasta terminar gravitando cerca el bueno de Dave Bowman, el mítico astronauta que se enfrentó a HAL 9000, venciéndole. El monolito es rotundo, demoledor desde su hieratismo, orgulloso incluso; castiga la frivolidad humana con un agudo pitido cuando en la base lunar “Clavius” se quieren retratar con él los hombres, como si fuera un enorme atún del Pacífico de 700 kilogramos. El negro poliedro representa lo irrepresentable, en hábil iconoclasia de los autores, la inteligencia extraterrestre. Por ser lo que es observa a la humanidad con cierta objetividad, supervisando los diferentes estadios de la evolución humana, divididos en tres actos, como un drama de Sófocles.

La cinta es un valiente salto al vacío del director, ¿cine experimental?, que en verdad tiene absolutamente todo tan controlado y monitorizado como tiene H(I)A(B)L(M) la nave “Discovery” rumbo a Júpiter; cada fotograma es una instantánea perfecta, su lenguaje visual tiene vocación de universal. Hablamos de HAL 9000, el cerebro artificial mas avanzado existente. Éste es el segundo hilo conductor de la historia, además del enigmático monolito, que se entrecruza con el primero más o menos entre la órbita de Ganímedes y la de Calixto, lunas jovianas. La máquina se autodefine como un prodigio de exactitud y perfección y tiene una gemela en la Tierra. La máquina observa que los hombres son seres frágiles y falibles (“…lo siento, jaque mate…”) ¿Qué es lo que la hace enloquecer? ¿el misterioso monolito? ¿enloquece en verdad o tan sólo considera prescindible al eslabón más débil de la cadena evolutiva? La novela de Clarke complementa a la película de Kubrick y viceversa. Vean la película. Lean el libro. Hilen después, valientes, …si pueden. El caso es que a la computadora, de un momento para otro, le sobra un tornillo, justo el que le faltaba para ser humana, es decir, mentirosa y asesina. No pestañea su enorme y convexo ojo rojo a la hora de eliminar a los hibernados, que ya yacen en su propio sarcófago. Escalofriante. Sobre todo cuando esa condición humana queda enmarcada en sus expresiones, además de en sus actos: “Honradamente…” “Eso es algo que yo no puedo permitir que suceda (su desconexión)” “Tengo miedo, Dave”. Dicha condición humana llega a la apoteosis en uno de los momentos más gloriosos de la historia del cine, según nuestra humilde perspectiva: En el momento que David Bowman lo está desconectando, el ordenador experimenta una regresión infantil, como un enfermo de Alzehimer, y se pone a cantar “Daisy”. Sublime.

El manejo del tempo, del ritmo narrativo, es revolucionario, rompedor, y a un millón de espectadores logra exasperar, acostumbrados a otro sistema de coordenadas. Otro millón cae en la red cronológica, abducido por los silencios más atronadores de la historia del cine, los del espacio exterior, que se desarrollan en singular oxímoron, donde el vació más absoluto provoca una tormenta de sensaciones en nuestra mente. Hay momentos en los que la acción se desarrolla casi en tiempo real y queda así brillantemente subrayada, confiriéndole un realismo total, por los espacios en blanco intermedios. Sin todavía la tecnología para generar efectos por ordenador, la película es fruto de la más concienzuda artesanía cinematográfica, en buena medida gracias al genial maquetista Douglas Trumbull; su creador tuvo que ir inventando/usando sobre la marcha la novedosa tecnología óptica necesaria para rodar tan particulares escenas, por ejemplo, una lente con forma de paraboloide hiperbólico, para rodar con un ángulo total, es decir, de 360º. Que cosas. Y los hermanos Lumiere con la escenita del tren; bueno, es que esos 73 años cundieron, cundieron.

Ante el espectáculo grandioso en estado puro, ante la puesta en escena soberbia que constituye la “Odisea” de Kubrick, cabe preguntarse si Nietzsche al verla pensaría que “así hablaría Zarathustra” o, sin embargo, tanto él como el filósofo persa pondrían un pleito al director británico por la alusión herética, tan alejada de su pensar. Eso sí, parece verosímil que ambos alucinaran como espectadores con la catarata psicodélica que experimenta el astronauta Bowman, que quizá reflejaba los delirios psicotrópicos de la Europa de finales de los 60 del siglo XX. ¿Se puso hasta arriba de cannabis el bueno de Dave cuando HAL no podía verle? ¿Salieron los espectadores del cine con cara de haber fumado de todo? Bueno, es lo que tiene viajar a través de la puerta cósmica que constituye el gran monolito, que conduce hasta el fin del universo. Si no quieres flipar no viajes. Si no quieres “viajar” no flipes… con el monolito. Si finalmente decides hacerlo terminas en una habitación estilo “Luis XVI” (¿un universo paralelo?) contemplándote a ti mismo en diferentes momentos de tu vida, (¿está el ser humano preparado para asumir su propia muerte?) para terminar por el principio, con un renacer (¿un nuevo salto evolutivo?), quizá significando lo cíclico que es la vida, el universo. Quizá no. Gracias Kubrick por esta libertad.

Para concluir algunas reflexiones rápidas: Uno, que nadie nunca tenga el brillante pensamiento de realizar un remake de 2001. Probablemente sería la idea más estúpida de la historia de la humanidad. Dos, que la obra sirva de referente a los “artistas” que crean por encargo, a matacaballo, sin destilar el producto final. La “O/odisea” del director para filmar la idem duró cuatro años. Un respeto sagrado al espectador. Tres, que muchos genios de la cámara ulteriores admitieron que la obra “kubrickiana” fue piedra angular básica para, sobre ella, edificar sus obras. Les honra el reconocimiento, por otro lado, evidente. “2001″ constituyó un salto evolutivo de la ciencia-ficción en el cine, en el que las aletas mutaron bruscamente convirtiéndose en patas, con las que el género dio un salto a tierra definitivo. Y cuatro, que las relaciones hombre-máquina, en la que abunda el libro y orla la película, son cuestiones clarividentes que pronosticaron los autores y que marcarán todo el siglo XXI y posteriores.


Fundido en negro. Réquiem del compositor austríaco Gyorgy Ligeti, de fondo.

(c), 2010 Ramón Galí. Crítica cinematográfica cedida por la revista Tiempos Futuros Future Times.
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BLADE RUNNER: “YO, HE VISTO COSAS QUE VOSOTROS NO CREERÍAIS” (English version)
“Yo, he visto cosas que vosotros no creeríais…”
“… todos esos momentos se perderán en el tiempo,
como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir.”
Roy Batty.

Comencemos por una joya de increíble belleza lírica: LA joya de la corona del género para casi todos, expertos y legos. Orfebrería cinematográfica de incalculables quilates. Poema escrito en el celuloide que nos desnuda la condición humana. Deslumbrante hazaña visual gótica y barroca al mismo tiempo. Obra que redefine mitos y factoría de nuevos modelos iconográficos; la lata de Warhol o la silueta de James Dean quedan atrás. Alta ciencia-ficción que no es que se anticipe al futuro sino que contribuye activamente a esculpirlo, a modelarlo. Horizonte inalcanzable para una galaxia de imitadores posteriores. Punto de inflexión en nuestras vidas.

El azar genera monstruos. Casi siempre. Darwin descubrió que en genética el 99,9999 % de las mutaciones aleatorias son perjudiciales y acaban con el ser vivo que las padece. Pero a veces, con una probabilidad remota, la diosa Fortuna sonríe y todas las monedas lanzadas al aire caen de canto y además conforman una figura maravillosa y, por su génesis, irrepetible. No quiere decir esto que las monedas no fueran de grandísimo valor y el lanzador de primera magnitud. Una serie de factores insólitos confluyeron en 1982, como una conjunción astral de varios planetas, que solo se da una vez en la vida, a saber: el concienzudo director británico Ridley Scott, el genio de “Alien” (que plasmaba en carboncillo, con sorprendente maestría, todas las escenas antes de rodarlas), Vangelis, el músico griego quizá el mejor de aquel momento, Douglas Trumbull el mejor maquetista del mundo responsable de que nos creyéramos la Space Opera de Star Wars, Harrison Ford, el actor más emblemático del último cuarto del siglo XX. La suma de todos ellos en mil películas hubieran originado un sinfín de cintas mediocres, algunas aceptables, una o dos buenas, y quizá alguna muy buena, nada más. Pero las monedas cayeron todas de canto y todos azarosamente hicieron, según muchos creemos, el mejor trabajo de sus vidas. El elenco lo completan una Sean Young extraordinaria, un Rutger Hauer soberbio, una fotografía fabulosa a cargo de Jordan Cronenweth, un guión increíblemente hilvanado por David Webb Peoples y Hampton Fancher.

La película ha generado ríos de tinta, un sinfín de debates, con sesudos análisis desde todos los ángulos, no sólo cinematográficos, sino filosóficos, mitológicos, sociales, etcétera. El gran Garci, con gran valentía, incluyó la obra en la lista de títulos imprescindibles a diseccionar y que engrandecieron el séptimo arte hasta… “más allá de Orión”. No es nuestra intención entrar en este artículo en tales disquisiciones, sobre todo porque el género literario que pretendemos mutaría diametralmente pareciéndose el resultado a “Los Episodios Nacionales” del concienzudo Galdós. Quizá, eso sí, alguna aproximación a vuelapluma orillando el análisis: No sabemos si con una capacidad anticipatorio paranormal el filósofo alemán Arthur Schopenhauer escribió sobre la muerte pensando en Blade Runner; es más lógico pensar que los guionistas le leyeron y, como guiño cinematográfico-o al traicionarles el subconsciente-pusieron en la boca del replicante Roy Batty, antes de morir: “He visto brillar rayos C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhauser-Schopenhauer” o pongamos otro vocablo germánico para disimular. Desde el punto de vista clásico los replicantes representan la perfección física y mental que buscaban los antiguos griegos, como neo-Teseos, con fuerza e inteligencia como maravillosa combinación de cualidades. Mary Shelley y su “Frankenstein” está presente, indefectiblemente, en la cinta”: “Yo diseñé tus ojos. Preguntas: “Morfología Longevidad Fecha de Nacimiento”. William Blake también quiso participar de la fiesta: “Y los ángeles ígneos cayeron. Profundos truenos se oían en las costas ardiendo con los fuegos de Orc”, con su poesía profética, original y romántica, como la película. Establecer paralelismos entre las sociedades decadentes que dibujaba Kafka y la de la película se nos antoja kafkiano, sobre todo hacerlo en un solo artículo.

Blade Runner es mucho más que una película, es una de las metáforas sobre la muerte, sobre la insoportable levedad de los seres humanos, más ajustadas de la historia del arte. Y además es mágica: Sorprendentemente no caduca ante los embates del tiempo, como las obras maestras deslumbrantes. Basada en la mediocre “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Del gran Philip K. Dick probablemente sirvió para acuñar la máxima que de grandes libros se hacen malas películas y de libros pésimos estupendos films. La película, encuadrada en el género de ciencia-ficción, pero que sin duda tiene tanto de cine negro como las que generaban los libros de Dashiell Hammett, te envuelve desde la primera escena con su atmósfera opresiva de la que es imposible escapar. El espectador, no es que se acerque desde su butaca a una urbe superpoblada del 2019, sino que se convierte en un habitante más de Los Ángeles, en ese futuro lluvioso, en el que puede encontrarse de bruces con cualquier Replicante al doblar una esquina. “Cruce Ahora, Cruce Ahora”. Y cruzamos, claro. En la city fritzlangiana en la que nunca amanece, que se ha convertido en una torre de Babel, a pesar de la interlingua, todos tienen los papeles invertidos: Los humanos caminan como autómatas solitarios y los replicantes buscan respuestas que les suscitan su lado más humano.

Densa. Densísima, en la que casi cada fotograma es una reflexión profunda disfrazada de poema. Sobre la memoria: “No sé si podría tocar (el piano), recordaba las lecciones” “No me puedo fiar de mis recuerdos“. Sobre lo efímero de la existencia: “Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir”. Sobre Dios: “No es cosa fácil conocer al creador”. Sobre el paso del tiempo: “Yo quiero vivir más” ¿Tiempo? El suficiente. Escenas irrepetibles como clásica de la aeronave de Deckard pasando por delante del enorme neón de Coke, que le roban el puesto, o al menos rivalizan, con Paul Newman bajo un bombín a bordo de la bicicleta en “Dos Hombres y Un Destino” o a King Kong pegándose con los biplanos en el State, o a Julie Andrews sobre las verdes praderas o Gary Grant corriendo bajo la avioneta con “La muerte en los Talones”. ¿Qué dice la gran Geisha que nos atrapa con su magnetismo exótico? ¿Qué dice Tyrrell-Prometeo?: ¿Más humanos que los humanos? ¿Por eso coleccionan fotos? Si tienen, como mucho, cuatro años. Por eso mismo. ¿Alguien más se percató que una de las fotos cobra vida durante un segundo en una genialidad infinitesimal, de bolsillo, de pitiminí? El replicante habla despacio, en el edificio en ruinas, y en una escena de asombroso lirismo besa a su compañera muerta para corregir su indecoroso rictus. El test Voight Kampf, moderno oráculo que mide el grado de empatía (“…El galápago yace sobre su espalda con el estómago cociéndose al sol y moviendo las patas para darse la vuelta, pero sin su ayuda no puede. Y usted no le ayuda…”), al que le preguntamos quién o qué somos, “¿Este test es para saber si soy una replicante o una lesbiana?”

Y sí, en Blade Runner también tiene cabida una historia de amor, ¿hombre?-replicante. Si Stendhal levantara la cabeza… Ella le salva la vida; Leon Kowalski quiere sacar a Deckard de este mundo por la puerta de atrás pero Rachel lo impide con una bala calibre XXL. En el apartamento de él ella se acerca, con el rimel corrido que le confiere aspecto siniestro aunque delicado a la vez: ¿Rachel matará también a Deckard por haberla descubierto con el test Voight Kampf? No. Salta la chispa, nace la llama, el yin y el yang se unen. Perseguidor y perseguida. Cada uno es lo que necesita el otro y llena de esperanza ese espacio que antes ocupaba esa soledad ya asumida. Cada uno le da al otro un motivo para vivir tras una existencia de mera superviviencia. Gaff sentencia lapidario: “Lástima que ella no pueda vivir. Pero ¿quién vive?” Pero el amor obra el milagro, incluso aunque haya cristalizado entre un ¿ser humano? y otro sintético ¿o quizás precisamente por eso? ¿Está ya muerta? No. Ocho palabras sellan la unión…¿simbiótica o entre iguales?

Deckard: ¿Me quieres?
Rachel: Te quiero.
Deckard: ¿Confías en mí?
Rachel: Confío.

Y el final, glorioso, definitivo. Y nuestras lágrimas se confunden con las gotas de agua de la lluvia, como los recuerdos del replicante más perfecto, como dijo nuestro director en el editorial de bienvenida a nuestro magazín ucrónico. Roy Batty no solo que no le mata sino que le salva la vida al borde del abismo imposible que se cierne bajo sus pies. A punto de fenecer indefectiblemente valora la vida más que nunca, la suya, la de los demás. La muerte más bella de la historia del cine. Una paloma al viento; ¿su alma? “De donde vengo, a donde voy, cuanto tiempo me queda”.

En fin, para concluir y como empezamos: Blade Runner, para muchos, punto de inflexión en nuestras vidas. Cada vez que visionamos el film nos quedamos sumergidos en un profundo silencio, pensando…

(c), 2010 Ramón Galí. Crítica cinematográfica cedida por la revista Tiempos Futuros Future Times.
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