CONTACT (1997): EL SUEÑO AZUL DE CARL SAGAN

“Sois una especie interesante…
El vacío se ha hecho soportable porque
nos tenemos los unos a los otros”
INTELIGENCIA EXTRATERRESTRE

(1)-“Es tan hermoso. Es poesía. Debieron enviar a un poeta”-susurra la astrónoma Ellie Arroway (Jodie Foster) cuando contempla un amanecer galáctico en todo su esplendor, desde su no tan pequeña monoplaza de diseño extraterrestre. Durante su maravillosa epopeya y fruto de una genialidad (avalada en una base científica) que impide parpadear al espectador si no quiere perdérselo, ella se desdobla fugazmente en otro yo, en la niña que fue, que le habla desde el otro lado del tiempo. Si uno tose también se lo pierde.

(2)-“¿Cree usted en Dios, doctora Arroway?”
El teólogo Palmer Joss (Matthew McConaughey) la quiere lo suficiente como preferir que ella se quede en la Tierra, por lo que dispara tal envenenado dardo en la comisión encargada de seleccionar al viajero y cuya respuesta la descartará “ipso-facto”. La artimaña causa el efecto esperado en beneficio del doctor David Drammin … (Tom Skerrit) que salió tan traumatizado de la nave de Alien, el octavo pasajero, que ello le convirtió en un ser ambicioso y sin escrúpulos, a la sazón, el malo “light” del film.
(3)-“Papá, ¿podríamos hablar (a través de la radio) con mamá (fallecida hace tiempo)?”
-“Ni la radio más potente podría llegar tan lejos”

La muerte prematura de su padre, quien le enseñó a amar a las estrellas y …¡¡con el que se volverá a encontrar!! la empuja más todavía hacia su objetivo, buscar vida extraterrestre inteligente, buscar respuestas. “Si estuviéramos solos…¡Cuánto espacio desaprovechado!” (Frase citada con perfecta simetría, al comienzo, en el ecuador y al final del film)

Tres botones de muestra.

El gran Eduardo Punset en su libro “El viaje a la felicidad” concluye que las emociones son claves en cualquier proyecto humano. La emoción presidió la vida del científico alma del film, Carl Sagan, que falleció antes de su estreno probablemente para contemplarlo desde el otro lado del universo, donde la calidad de imagen y sonido son muy superiores a las digitales de alta resolución y Dolby Surround terrestres. La emoción preside la película que no en vano ganó el prestigioso premio Hugo de Ciencia-Ficción a la mejor representación dramática. “Después del silencio, lo que más se acerca a expresar lo inexpresable es la música.” Los autores de la película le hicieron caso a Aldous Huxley y la usaron con profusión para transmitir emociones, sensaciones, sentimientos, entelequias inexpresables por otros medios. Casualidades, en realidad, hay pocas y que la protagonista sea una mujer no es una de ellas. Dicha mujer realiza quizá una de sus mejores interpretaciones, aunque puede que carente del 100% del mérito que se le presupone: Jodie Foster se interpreta a si misma, a la niña prodigio que en verdad fue. Por cierto, James Woods (otro niño prodigio) y Angela Bassett, soberbios también.

A tenor de lo anterior podría concluirse que ‘Contact’ es todo corazón y carece de rigor; nada más alejado de la realidad: El armazón sobre el que se sustenta (la novela de Sagan) da como resultado una solidez científica poco habitual en otras producciones de ciencia ficción, a pesar de que el guión cinematográfico no se ajusta al texto original del autor de “Cosmos”. Se trata de la película que harían los científicos si fueran cineastas, que en verdad fabricaron los segundos avalados, marcados muy de cerca, por los primeros: ‘Contact’ es una película, salvo algunos errores menores, perfectamente correcta desde el punto de vista científico. Quizá la más correcta jamás filmada. Esto, tras miles de películas de ciencia-ficción de todos los tiempos es de una dificultad mayúscula. Puede sonar presuntuoso y/o cuestionable si esto lo dice un crítico cinematográfico pero guardo un as en la manga, ale, como estas declaraciones Instituto SETI: “A pesar de las pequeñas objeciones, no hay duda de que ‘Contact’ es indescriptiblemente más exacto en su representación de SETI que cualquier película hecha en la historia de Hollywood”.

Claro. Carl Sagan se nutrió de los conocimientos de Kip Thorne, destacado físico relativista, para diseñar un sistema posible de ‘agujeros de gusano’ para viajar entre dos puntos distantes del cosmos. Los asesores de excepción fueron el propio SETI, el JPL (Laboratorio de Propulsión a Chorro de Pasadena), el VLA (Very Large Array), el Instituto Californiano de Tecnología, entre otros. Zemeckis, hijo creativo de Steven Spielberg y que dirige la obra de forma magnífica, dijo que su objetivo fue “crear una representación absolutamente realista de un maravilloso evento”. (Incluso un personaje se basó en un investigador real ciego, Ken Clark). Como pueden comprobar aquí nadie necesitó abuela aunque, probablemente, las abuelas de todos ellos estarían sinceramente orgullosas del resultado. Por cierto, no olvidemos que Robert Zemeckis es nada más y nada menos que el genio de (agárrense) “Tras el corazón verde”, la saga de “Regreso al futuro”, “¿Quién engañó a Roger Rabbit?”, “Forrest Gump”, “Naufrago” y, entre otras y de propina, tres joyas maravillosas de la animación: “Polar Express” “Beowulf” y “Cuento de Navidad”. Ahí es nada.

Al margen de los planos emocional y científicos el film es extraordinariamente plausible, verosímil, perfectamente creíble. A John Lennon le asesinaron y probablemente le volvieran a asesinar mil veces en mil vidas que viviera. El circo mediático y social previsibles, el mecenas señor Hadden, (el ángel de la guardia que todos quisiéramos para sí), el absurdo blindaje militar, todos tan alejados de la idiosincrasia europea no deber de distraernos ni sedimentar juicios precipitados: La historia se desarrolla en un lugar llamado Estados Unidos, con sus grandezas e infantiles flaquezas, que a estas alturas de la película, todos conocemos. Nos guste o no, ellos son así. Además todo cuadra: La miseria humana es la que ejerce de barrera ante las civilizaciones extraterrestres, mellada apenas por imperceptibles arrebatos altruistas. Que no estamos preparados socialmente, vaya, aunque todos conozcamos a pequeños héroes individuales maravillosos. Pero aquí, como en el basket, jugamos en equipo.

Contact’, igual que 2001 y a diferencia de Blade Runner (que provoca una unanimidad aplastante), llega o no llega. Toca la fibra más sensible o deja indiferente. Si lo hace, además de vivir una experiencia fabulosa de dos horas y veinticuatro minutos, el espectador se va a dormir con otro regalo maravilloso: La película deja una huella indeleble en el yo más profundo que permanece, al menos, varios años. Imborrable o fungible, that’s the question. Los interrogantes que abre, las implicaciones filosóficas que plantea, quedan latentes en nuestra memoria, hibernados, y se descongelan de vez en cuando asaltándonos a traición. Y cuando lo hacen nos recuerdan nuestras coordenadas insignificantes y nuestro tamaño absoluto: Perdidos y pequeñitos, muy pequeñitos. (“Los que construyeron el sistema de teletransporte fueron otros que desaparecieron hace mucho tiempo…” ¿ehhh? Mmm, esto me supera) Un crítico anónimo, un ‘blogero’ si se quiere, Loganxxx, dijo de la película, creemos que de forma muy precisa: “No es una película apta para cualquiera, es demasiado sublime y plantea preguntas que muchos no se formulan porque ni entienden los conceptos que las integran”.

Pero el verdadero debate se desarrolla durante la filmación y va mucho más allá de la vigencia del film en nuestras neuronas. Ciencia versus religión, abre el viejo litigio casi clásico, platónico-aristotélico, fe ó razón, quedando ambas corrientes amalgamadas en un glorioso (ó políticamente correcto, según se mire) empate técnico. Ellie Arroway tiene muchas preguntas ante la inteligencia extraterrestre, pero ésta le pide paciencia; la ciencia es la que le ha llevado hasta allí pero es fe ciega lo que se trae de allí debajo del brazo uillermo de Ockham, fraile franciscano del siglo XVI enunció un ‘principio científico’ que asoma sus orejas en ‘Contact’, “En igualdad de condiciones, la explicación más sencilla es la verdadera”. Una película de soberbio guión y soberbiamente dirigida, interpretada, producida y documentada probablemente sea una soberbia película. No le busquemos tres pies al fraile.

A UNO DE MIS MAESTROS, A CARL, OF COURSE
(c), 2010 Ramón Galí. Crítica cinematográfica cedida por la revista Tiempos Futuros Future Times.
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MEMENTO (2000) Ó CUANDO EL MONTADOR SE FUMÓ DE TODO
“Tengo que creer que cuando mis ojos están cerrados el mundo sigue ahí”
“Todos necesitamos recuerdos para saber quienes somos”
“El presente es trivial y lo apunto en jodidas notas”
LEONARD SHELBY

Memento” es un delirio asombroso, un accidente del montador, un dejà vu antitético, un puzzle inverso, una genialidad inventada ¿bajo el efecto de psicotrópicos?, un juego interactivo para la mente, una película bidireccional: El espectador se convierte en un personaje más de la película pues es el que ensambla la historia, codeándose con los protagonistas para obtener su objetivo. El filme cuenta con dos particularidades que se amalgaman alumbrando una obra extraordinaria, al margen de oropeles (Globo de Oro y dos nominaciones al Oscar). La primera no es más que lo increíblemente original del planteamiento:

Memento4

Sammy Yankies se escribía un montón de notas pero no le servían”. “Lesión en el hipocampo por accidente de tráfico. No creaba recuerdos nuevos, no podía recordar nada más de dos minutos y podía hacer cosas complejas que hubiera aprendido antes del accidente”. Dicen que los entomólogos, de tanto estudiar a los insectos, terminan pareciéndose a ellos, en sus costumbres y en su fisonomía. Leonard Shelby, inspector de seguros, estudió su caso y terminó por convertirse en el objeto mismo de su estudio: (1)Un hombre con la capacidad de recordar amputada y que recurre al autotatuaje, no sólo para sobrevivir, sino para desenmarañar el asesinato de su mujer. El laborioso procedimiento de cómo él va construyendo la verdad, casi artesanal, es para quitarse el sombrero. Lenny quizá fue castigado por Mnemósine, diosa de la memoria en la mitología griega, pues con ella todavía intacta hizo lo imposible para que el señor Yankies no cobrara un centavo del seguro.

Memento4

Cuando nos dirigimos hacia el futuro las posibilidades infinitas, como los senderos que toman los afluentes de un río pero, cuando lo hacemos atrás, remontando las aguas del tiempo, nos encontramos con único ramal, una sola posibilidad. (2)En “Memento” se invierte el principio de causalidad y se cuentan primero las consecuencias y luego las causas que las originaron. Y en medio el cerebro del espectador echando humo para deducir los “porqués” teniendo delante los “qués”.  La solución al jeroglífico la encuentra en la última pantalla, que es la primera pues la pelí está al revés, es decir que sucede como en los cuadernos rompecocos de juegos de la mente que compramos en los quioscos. Los últimos serán los primeros, primero las lágrimas y luego el tormento. Nos encontramos ante un singular thriller psicólógico orillando la ciencia-ficción, con una estupenda banda sonora a cargo de David Julián (“El Truco Final” 2006), perfecta fotografía (Wally Pfister), basada en una historia cuyos mimbres enlazó magistralmente el hermano del director, Jonathan Nolan. Este, Christopher, se inmortalizó en el cielo de los cineastas nada más concluir su rodaje: Acababa de crear un objeto de culto. Sin artificios digitales, si la película fuera un juego sería sin duda uno de construcciones de Lego, cuyo montaje es totalmente poliédrico (“Que grande es el cine”) y la clave de su éxito. Si fuera una forma geométrica se podría representar por un alambre retorcido que presenta múltiples bucles. Ya se había hecho antes pero Tarantino cogió un hacha ensangrentada y troceó el orden cronológico de su “Ficción Pulp”, de forma magistral: Desde entonces hasta “Memento” no habíamos visto hacerlo con tanta genialidad. Ambas, aportaciones indispensables a la historia del celuloide: Si no hubieran sido ellos en 1994 y 2000 otros genios del futuro, tarde o temprano, hubieran tenido que rodarlas.

Memento3

Guy Pearce, en el papel de Leonard Shelby, (El poli listo de L.A. Confidencial ó el viajero de La Máquina del Tiempo) realiza un trabajo impecable al que es difícil ponerle algún “pero”. Su metamorfosis, de avezado Inspector de Seguros a hombre “sin disco duro” a una piltrafa mental, es perfecta. En su nuevo estadio, y siguiendo con el símil informático, dispone tan sólo de una memoria “RAM”, es decir, que borra o resetea su contenido cada vez que se apaga (duerme). “Utilizo los hábitos y la rutina para poder vivir” “Es difícil vivir así, casi imposible” “La memoria no es fiable” “La memoria puede cambiar la forma de una habitación o el color de un coche” “Aprendes a confiar en tu letra” “Hechos, me baso sólo en los hechos” (plasmados éstos en orden cronológico y en blanco y negro en una conversación telefónica). Estas frases, extirpadas del protagonista, dan cuenta de su modus vivendi, tras aquejarle la enfermedad que en psiquiatría se denomina Perdida de la Memoria Reciente. Lo inmediato, el “all we have it’s here and now” (sólo tenemos el aquí y el ahora) del “Up where we belong” de Joe Cocker, lo inmediato, es el tesoro más preciado de Leonard “Lenny” Shelby. Pero tal estadio debe ser algo parecido a lo que nos reserva el infierno: “¿Cómo puedo cicatrizar mis heridas si no siento el paso del tiempo?”. Más que un drama la película es un dramón descarnado, disfrazado de thriller alternativo; lo que pasa es que no lo parece porque la cabeza de ninguna chica es la que está en esa caja y la enfermedad que presenta es aséptica, inane, sin color, olor, ni sabor. Nada de metástasis galopantes…aunque quizás algo peor: Nos quitan la memoria y nos quitan todo. El Alzheimer es la desintegración del ser, del yo. Nuestros recuerdos, son lo peor y lo mejor que tenemos. Somos nosotros. La fragilidad humana queda de relieve, quizás como pocas veces en la historia del celuloide. “Ese es quien eras” le dice el excelente actor Joe Pantoliano (Tedy), desde su inquietante papel.

Memento4

Como decía al comienzo es el espectador quién, en verdad, tiene que montar el film en su mente por lo que no descartemos que algún espabilado pidiera a la productora su parte proporcional de la recaudación. Y quizás se le ocurrió la idea porque en la movie sus (pocos) protagonistas se mueven en un sórdido mundo del hampa, de pistolas, en un mundo sin ley, marginal, de casas en ruinas en las afueras donde uno ajusta sus cuentas al margen de la poli. “Deshazte de él” es la consigna. La traición y la soledad son los espacios naturales donde evolucionan los diferentes personajes, de gatillo fácil y pocas palabras, que no tienen ningún escrúpulo para mentir, timar, chantajear, manipular, vengar o dejar a quien sea viendo “como crecen las flores desde abajo antes de que se enfríen sus pisadas”. Sin embargo, en casi todo ellos asoma, entre esa turbia maraña que define lo peor de la condición humana, algo de piadoso, algo de lo mejor de nuestra condición, que en principio de eso también hay, ¿no?: (El del motel que le acaba de timar: “La próxima vez que pague pida un recibo”. Lenny le dice a la mujer de Sammy Yankies lo que quiere escuchar…). El filme es una extrañísima historia de una venganza en la que tú ya sabes si se consuma y cómo, incluso el quién. Desconcertante. Una extraña sensación.

Memento1

Y siguiendo barriendo para casa, el tema de la memoria, de los recuerdos, del paso del tiempo es casi consustancial, ha ido de la mano siempre, al de la historia del arte, cualquiera que sea su manifestación aunque en especial en el cine y la literatura. De las miles de obras que abordan implícita o explícitamente el tema recomiendo tres pequeños cuentos, además del que conduce el anterior enlace, Vivir es llegar, Morir es VolveryRecuerda que Olvidaste”. Los encontrarán a una distancia de un solo golpe de clic en esta misma revista y que tienen mucho que ver con el desarrollo del film que comentamos hoy, “Memento”. Muy recomendables: recuérdenlo, tatúenselo en un lugar visible. Aunque lo del boli “bic” y la aguja no me parece muy higiénico, la verdad.

Memento4

Hablando de tatuajes éstos, junto a sus fotos y anotaciones se convierten en las neuronas no operativas que le fallan al cerebro del protagonista, en su prolongación. Aunque…, ¿no nos pasa a todos lo mismo? Piensen que, en general, de un viaje del que carezcan de recuerdos físicos, material gráfico o escrito sólo recordarán cuatro tópicos y, a veces, ni eso: Quizás nunca existió. Lo que sucede con Leonard Shelby es lo mismo pero a escala “cronomicroscópica”. Sus días son nuestras décadas a nivel cognoscitivo. De repente puede amanecer en medio de un aparcamiento corriendo paralelo a un individuo: “¿Me persigues o te persigo?”. O al lado de una bella mujer sin saber ni quién es ni cómo ha llegado hasta ahí (¿no es esa una fantasía sexual muy común?) Ella, la nebulosa Carrie-Anne Moss (Nataly): “La próxima vez que me veas te acordarás de mi? Yo creo que si (…se engaña a sí misma aunque el niega con la cabeza)” Quizás por rabia añade: “Aunque consigas vengarte no lo recordarás”. Pero Leonard Shelby lo tiene muy claro: “El mundo no deja de existir cuando cierras los ojos”.

Memento2

Y para muestra un botón. Pongamos el microscopio sobre un simple detalle argumental deslumbrante, dedicado especialmente a los que dicen que “Memento” no valdría nada si hubiese sido narrada en un orden cronológico convencional: La mujer de Sammy Yankies, diabética, decide desesperada por la enfermedad de su marido resolver definitivamente la situación. ¿Cómo? No sé lo diré por si no han visto esta obra maestra pero sí diré que el mismo método de resolución es, al tiempo, la prueba definitiva de que la situación es insostenible. Ingeniosísimo es una palabra que se queda corta. Chico, es que a veces las neuronas, más que hacer sinapsis entre ellas hacen fuegos artificiales. Para rematar la faena Jonathan Nolan realiza un doble salto mortal, pues “el malo” usa lo ocurrido para hacer creer a “Lenny” que…¡un momento! Si han cometido el pecado de no ver “Memento” es este el momento de redimirse. Ah, dos veces, es lo obligado pero, no se preocupen: Las sensaciones serán diferentes. En la primera hilvanarán y en la segunda podrán realizar el pespunte, e incluso, un bordadito muy mono. Sin decir nada sustancial, más miel en sus labios, otro botón: ¿Quién mató a Jimmy Grans, novio de Nataly? Se trata de la última persona que un espectador civilizado y curtido en mil pelis imaginaría. Ya saben, a verla de cabeza.

Memento1

Para acabar una recomendación y dos tonterías: Si la película se ve en casa háganlo del tirón o infieran una muesca donde se abandonaron el visionado en las interrupciones. Si no lo hacen así es materialmente imposible saber donde se quedaron por la estructura inversa con la que se narran los acontecimientos. Va la primera tontería: Los jefazos, el gran poder que mana “de arriba”, que sugirieron que realizara la crítica al revés, supongo que por joder, con perdón a los niños que estén leyendo esto. Por ese mismo motivo presenté lo que acaban de leer y dije, simplemente: “Si aplicas la inversa a algo inverso…¿cómo se queda? Segunda: ¿Se imaginan que todo fue un gran error en la sala de montaje? ¿La cara de idiota que se nos quedaría sería parecida a la que tuvimos al ver “Memento”?

(c), 2010 Ramón Galí. Crítica cinematográfica cedida por la revista Tiempos Futuros Future Times.
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PLANETA PROHIBIDO (1956): SHAKESPEARE Y EL REMOTO FUTURO
“Mi otro yo maligno va a penetrar por esa puerta
y no tengo poder alguno para impedírselo”
“El hombre no puede mirar directamente
a un dragón y sobrevivir”
DOCTOR EDWARD MORBIUS

Si pudieramos materializar una sensación obtendríamos algo parecido al “El Planeta Prohibido”. La sensación a la que aludo puede ser la maravillosa de los lectores de “Pulp Fiction” de mediados del siglo XX, de las revistas pioneras del género, como las legendarias “Astounding Stories”,  Amazing Stories o Galaxy. El “Eastman Color” que rezan los títulos de crédito, la  banda sonora tan inocentemente inquietante (y en su técnica, pionera), los fondos malva de ensueño y aquella entrañable nave “interplanetaria” (modelo OVNI berlina utilitario) ayudaron, sin duda.

Nave Espacial

Quizá sin ellos quererlo el tandem del productor Nicholas Nayfack y el director: Fred Mcleod Wilcox, lo consiguió. Los fantasmas de su subconsciente emergieron y se plasmaron en el celuloide para siempre, con permiso de Sigmund Freud y William Shakespeare, por supuesto. De éste, del paradigmático dramaturgo inglés, nació la obra que los inspiró indirectamente: “La Tempestad”, representada por primera vez en 1611. Los paralelismos oscilan entre lo evidente y lo difuso: Isla-Planeta, Próspero (Duque legítimo de Milán)–Morbius, Contexto colonizador del Nuevo Mundo-Mundos Nuevos, Alquimia con la que controla la Isla-Tecnología con la que controla el planeta, Hija Miranda-Hija Altaira, Estudio Artes Clásicas-Estudio Enciclopedia Krell, Venganza por amor clásico-venganza por amor filial …
Moebius habla con su Robot
El Doctor Morbius, arquetipo del sabio ególatra y misántropo, hecho a sí mismo, que le sobra la humanidad y el mundo, (y los mundos, en este caso), ha incrementado su ya elevado coeficiente intelectual gracias a una máquina de origen extraterrestre. El artilugio, curiosamente, nos recuerda de forma impepinable a los martillos de feria, que también se elevan proporcionalmente a lo animal que sea el sujeto que los pruebe, y en este caso también, pero justo por la razón opuesta. Morbius estudia con delectación la enciclopedia que acuñaron los fabulosos Krell que guardan los secretos de un millón de generaciones de su raza, tras semidescifrar su lenguaje, quizás con una piedra de Rosetta cósmica. Pero tras su sed de conocimiento se esconden sus fantasmas, sus miedos, que le hubieran convertido en carne perfecta de psicoanálisis freudiano en cuando se tumbara en un diván. El trabajo de Walter Pidgeon es excelente, muy creíble, algo que no se puede decir de su compañero de reparto Leslie Nielsen, que podía haber rodado con una careta de si mismo y el resultado hubiera sido idéntico. Volviendo a Pidgeon, veterano actor, desconocemos si cobró doble al encarnar dos papeles, quizás opuestos, quizá complementarios, en la cinta. En su segunda actuación, discreta, implícita, trabaja….¡de metáfora! En ambas, lo dicho, impecable.

Moebius habla con su Robot

Robby merece un párrafo para él solito. Vértice tecnológico de la cinta probablemente sería de los primeros robots que vieran evolucionar los espectadores de 1956. Aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid y que un tal Isaac Nosequé acababa de esculpir las tres leyes de la robótica a comienzos de la década, Robby (mientras dormía el maestro patilludo) escapó de su primer relato e hizo un papel más que digno en la película. Debió gustarle porque repitió en “The Invisible Boy” (1957), en capítulos de “The Twilight Zone” (Los límites de la realidad) y “Lost in Space” y en algunas producciones de los años 80. El robot se convirtió en el futuro un ¿objeto? de culto, un icono del siglo XX, una “Gioconda” cinematográfica idolatrado por un ejército de fans de varias generaciones. Volviendo a la movie, arrebatadora es la escena en la que el creador (Morbius/Frankenstein) le ordena al robot que detenga al monstruo y se cortocircuita. ¿Adivinan porqué? La Primera Ley (“Jamás dañaras a un ser humano o por tu inacción permitirás que un humano sufra ningún daño”), para androides suficientemente inteligentes, es aplicable también a los alter egos, por supuesto. La máquina tiene unos exquisitos modales imitados posteriormente por su sobrino-nieto C3PO, hasta en la cantidad de formas de comunicación que dominan ambos. Pero siempre hubo clases: el primero 187 y el áureo millones. Robby, antes de hablar produce un sonido en el que parecen engranarse piezas mecánicas, como si sus palabras fueran un puzzle que la máquina compone en tiempo real. ¿No es entrañable este artefacto construido de forma artesanal? Construido “para ser ajeno al mal” y “que nunca se equivoca” resuelve toda necesidad material que padre e hija puedan desear: comida, ropa, utensilios, joyas… Además, prácticamente indestructible, salvo por “el oxígeno que le produce herrumbe” ¿Les suena? Un baño de cinc hubiera solucionado el problema, aunque sin pasarse con la galvanoplastia, claro.

Tripulación de la nave

Una mujercita adorable, hija de Morbius, se erige como único representante fémino del film, entre “18 tripulantes de entre 24 y 26 años” vestidos de marineritos, un Walter Pidgeon, como decíamos, disfrazado de si mismo, un Leslie Nielsen (Capitán John Adams) hierático y un Robby asexuado, asimoviano y nada asténico, sino fortachón a más no poder; te transporta unas toneladas del isótopo 217 del plomo como quien mueve una silla. A la chica, a Altaira, -como la estrella que calienta al Planeta Prohibido-le roba varios besos el teniente Farman antes de que el espectador haya tenido tiempo de arrellanarse en su asiento. La inocencia personificada evoluciona en escenarios arcadianos, llenos de animalitos, no tiene rubor en bañarse desnuda,… hasta que el género humano la pervierte con su maldad. Un tigre celoso de los visitantes ataca a su mismísima amiga por lo que es atomizado, que debemos entender que es mucho peor que ser desintegrado, pues entonces te despiezan en moléculas y no en átomos, más simplones, unitarios y solitarios. Perdonen que nos burlemos un poco pero lo hacemos desde el cariño y desde la obligación: Si no eres escrupuloso en los conceptos te arriesgas a esto cuando pase un siglo de tu obra. Volviendo a la chica, estudió poesía, matemáticas, lógica, física, geología y biología. Trivium y cuadrivium carolingios en versión planetaria. ¿Para qué más?. La Historia vetada, suponemos, por la sobreprotección de su padre y mentor para que no conociera, en toda su extensión, la inefable condición humana.

Moebius habla con su Robot
A nivel tecnológico y científico la película es voluntariosa y “se apaña” bastante bien, salvo los clásicos gazapos; todavía no hemos llegado al cine de ciencia-ficción que resiste incólume el paso del tiempo, técnica y argumentalmente. En 1956 ya conocían la señal de tráfico intergaláctico que había plantado Alberto Einstein, con la velocidad de la luz dentro de un círculo rojo; pero a cualquier amante de la ciencia-ficción se le permite rebasar ese límite, más que nada, para llegar a alguna parte antes de que las ranas críen pelo, o “el hijo del vecino pise la luna”(1) (2). Bien, aceptamos velocidad hiperlumínica para desplazarse por el cosmos. En los diseños se usan cromados, como del “traje” del robot, superficies acristaladas varias y vestimentas de altos talles y minimalistas: Parece correcto. En la decoración lo que parecen muchos peces abisales disecados, de dudoso gusto pero lo suficientemente inquietantes como para que el espectador no se pregunte si son anacrónicos o dónde diablos los pescaron en un planeta semi-desértico. Bien, bien. Los comunicadores inalámbricos que usan no los valoramos ahora pero, en una sociedad “no Wireless”, eran revolucionarios, la verdad. La película, retomando el camino riguroso, resuelve de forma ingeniosa muchas escenas, como la de los campos de fuerza alrededor de la nave, o el desplazador a través de la “ciudad Krell”, o el mismísimo Monstruo del Subconsciente: fantástico: Los que vieran la película de niños seguro que tienen grabada esa silueta de luz terrorífica, apoteósica. A la Light & Magic le quedaban unos años para nacer aunque la versión de aquella época, la Walt Disney, “algo” tuvo que ver en los efectos especiales en el film.
Empecemos a poner también pegas en el otro ¿platillo? de la balanza: Seguimos, seguiremos y seguiremos sin software que gobierne los instrumentos tecnológicos. El hardware impone su ley y recuerdo que incluso en “Almas de Metal” de 1973 todavía tendremos a un robótico Yul Bryner con muy mala leche y sin una mísera línea de código dentro de su ser. La maquetita de la nave dentro de la esfera del puente de mando tiene su aquel y ni el capitan Leslie Nielsen es capaz de “agarrar como pueda” una explicación plausible a tamaña tontería. De más calado son los interrogantes que nos suscitan las propiedades mágicas que posee el robot para “crear materias primas” a partir de una muestra, como el Whisky de Kansas City, suave, suave (“¿un par de hectolitros serán suficientes?)”. No seamos tan duros con el robot: Una explicación ante la cual tendríamos que callar es que usara las avanzadísimas máquinas Krell para realizar esa transformación, jugando con materia y energía. Por cierto, Altair 4 es 4,7% más rico en oxígeno que la Tierra, bien, respirable, pero la gravedad es 8.7…¿qué? Quizá es una mala traducción, quizá se refiere a un 8,7% más poderosa o débil que en la Tierra; bueno, qué más da. Lo dejamos en parecida. En suma, una película bastante correcta habida cuenta el año en que fue rodada.
Cartel Comercial
En fin, si la crítica se quedará aquí habríamos viajado años-luz hasta un planeta prohibido y nos hubiéramos quedado en su luna yerma. ¿Qué hay de los monstruos del subconsciente, los monstruos del Id? En una escena Pidgeon/Morbius reconoce que las leyes y la religión en verdad sirven para aplacarlos, lo cual, no deja de ser una afirmación inquietante. ¿Qué hay de la extraordinaria civilización extraterrestre de los Krell? (3) Los Krell, la raza de extraterrestres que “fue todo menos divina” moraron ese mundo hace dos mil siglos, alcanzando su culmen tecnológico: Dominaron la energía (“9.200 reactores nucleares en cadena, la energía de todo un sistema planetario”) y la materia. Pero cuando estaban a punto de desprenderse de su lastre físico algo acabó con ellos: Sus propios monstruos subconsciente. La moraleja parece clara y a nivel microscópico se puede aplicar también a nosotros: El desarrollo material de una civilización, si no va de la mano, paralelo, al desarrollo espiritual/intelectual, termina por autodestruirla. De ahí cómo fenecieron los tripulantes del “Belerofonte”, despedazados por una fuerza misteriosa,… y ahora moran en el camposanto del planeta, “víctima de la codicia y de la locura humanas”. Esos monstruos del Id, amplificados por las máquinas alienígenas, son capaces de atravesar el indestructible acero Krell, retroalimentándose de su propio mal, “renovando su estructura molecular de microsegundo a microsegundo”: “Eso que hay ahí fuera es ¡¡USTED!!”. Y es que cuando el mal se amalgama con la inteligencia no se le puede poner coto. Ella, Altaira, tiene una percepción extrasensorial a través de un sueño y ve el horror…

Belerofonte, en la mitología griega, fue el héroe que domó al caballo alado Pegaso y mató a la Quimera, monstruo con cabeza de león, cuerpo de cabra y cola de serpiente. Los colonos de la nave Belerofonte que llegaron al Planeta Prohibido no pudieron acabar con la Quimera con la que soñó Moerbius, con sus fantasmas del inconsciente,  con sus monstruos del Id, que finalmente acabaron también con él. La última frase de la película es también la de esta crítica: “Hay que recordar al hombre que, al fin y al cabo, no somos Dios”
(c), 2010 Ramón Galí. Crítica cinematográfica cedida por la revista Tiempos Futuros Future Times.
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EL TIEMPO EN SUS MANOS (1960)/ LA MÁQUINA DEL TIEMPO (2002)

“Durante un millón de años los hombres vivieron y murieron
por sus sueños para que ustedes se dediquen a comer, nadar y bailar”
“El pasado del hombre fue una denodada lucha por sobrevivir…pero hubo momentos en el
que hubo unas pocas voces que hablaron y en esos ratos momentos hicieron la Historia…”
GEORGE/ROD TAYLOR

Unos versos de José Hierro nos abruman: “Al final, todo fue nada, aunque lo fue todo…” Probablemente se refieran a la muerte de un individuo pero perfectamente aplicable son, asimismo, a la muerte, la desintegración de la impronta humana. Aterroriza pensar que toda la obra, toda la cultura, todo el esfuerzo de todos nuestros antepasados se reduzca a polvo algún día. La desidia, la indolencia humanas tendría/tendrá para nosotros el mismo efecto que un asteroide aniquilador como el que acabó con los dinosaurios.

Los viajes en el tiempo son a los escritores de ciencia-ficción como los animales para los niños: Fascinantes en grado sumo. Cualquiera que se precie debe tener, al menos, una obra que aborde desplazamientos a través de la cuarta dimensión. Todo humano ha pensado en ello alguna vez pero esta subespecie se estruja sus meninges al respecto de forma compulsiva/obsesiva. Herbert George Wells no fue el primero, pero sí pionero en la era moderna en construir con su pluma, en 1895, una “La Máquina para explorar el tiempo” creíble para sus lectores. Con una mirada estrábica, camaleónica, si quieren, con un ojo puesto en los últimos descubrimientos en física (a cargo, entre otros, del físico holandés Hendrik A. Lorentz, Nóbel en 1902, poniendo alfombra roja a Albertito Einstein y su Teoría de la Relatividad a punto de salir del cascarón) y con otro ojo en el papel dibujó un futuro más allá del siglo 8.000; éste sería el peor de los apocalípticos posibles pues el infierno que soñó Dante es Disneyland comparado con uno en el que hayamos olvidado totalmente lo que fuimos, mientras nos comemos unos a otros.

La versión cinematográfica de su obra de 1960 (Metro Golden Mayer) comienza con un baile de diferentes tipos de relojes, en Londres, en el ocaso del siglo XIX y de la época victoriana, introduciendo la magnitud clave que será epicentro de todo el filme: El tiempo. La versión de 2002 (Warner), muy inferior (aunque injustamente tratada), también comienza con un reloj, aunque está ubicada en el Nuevo Mundo, Nueva York. Casi al comienzo las dos versiones toman senderos temporales diferentes pues, en la antigua, un resplandeciente Rod Taylor/George viaja directamente hacia el futuro, mientras en la moderna un profesor chiflado, Guy Pearce/Alexander, hacia el pasado ¿se cruzarían? Al primero le motiva el amor por la ciencia, por lo desconocido, “¿Puede el hombre cambiar las cosas que están por venir?”, se pregunta. “No me importa la época en la he nacido. Prefiero el futuro”, afirma. Para el nuevo “viajero”, enchufado pues se cartea con un agente de la oficina de Patentes de Berna, tan poco pragmático como el primero (y que también “le salva” una diligente ama de llaves), es el amor o la pérdida de éste lo que le incita a sumergirse en el pasado para intentar fútilmente cambiar su presente: No puede y con sólo dos “viajes” lo comprueba. El destino está escrito según esta versión, recogiendo la enseñanza de teología cristiana de la predestinación o, sencillamente, el principio de causalidad aristotélico (un seguro anti-paradojas). Por eso comentaba que la segunda versión está infravalorada pues explora nuevas posibilidades que se le escapan a la anterior, convirtiéndola en complementaria. En la primera, en la entrañable (no en vano todas las citas iniciales de esta crítica pertenecen a esta versión), no abordan esta deriva a pesar de que Taylor tiene “todo el tiempo del mundo”: bastante tiene con el futuro.

Rod Taylor

Respecto a la atmósfera que se respira en ambas películas es excelente, con tintes modernistas (como el invernadero/laboratorio o los propios vehículos temporales), aliñadas con bandas sonoras más que correctas. El Technicolor de la antigua hace que juegue con ventaja, al igual que por contar con el Spielberg de la época, un George Pal soberbio. Para los amantes de las anécdotas la primera versión y su director/productor, Pal, es citada explícitamente en la segunda, junto al propio autor de la obra HG Wells, Harlan Elison e Isaac Asimov y la banda sonora de Andrew Lloyd Webber, al hablar de las obras de ficción que abordaron el viaje temporal. Lo hace un “fotónico”, un bibliotecario virtual que se erige, a nuestro juicio, como hallazgo genial del remake. Salvo en películas de humor no recuerdo tal pirueta argumental en ningún film de la historia del cine. Otra curiosidad: La segunda cinta fue dirigida por Simon Wells, bisnieto del autor del libro sobre el que se basan ambas.

La “Ventana indiscreta” de Hitchcock (1954) parece presente en ambas versiones siendo sustituido el voyeur James Stewart, que contempla como evolucionan sus coetáneos por las tres dimensiones, por unos viajeros temporales que espían desde su atalaya invisible como ¿avanza? el mundo a través de la cuarta. El escaparate de la tienda de modas es el genial termómetro que mide las tendencias a lo largo de las décadas, con más énfasis en la versión de 1960: “Me pregunté hasta donde serían capaces de llegar las mujeres”. Las velas y caracoles ¡ corriendo ! (1ª), la eclosión de las flores, de la vegetación y ciclos solares (ambas), el paso de los periodos geológicos (en ambas, pero sorprendentemente resuelto en la 2ª, teniendo la DreamWorks toda la culpa) son también los indicadores del paso del tiempo, deslumbrantes para el espectador.

En ambas cintas las primeras incursiones de los viajeros temporales hacia el futuro son frustrantes, desalentadores: Guerras y destrucción, introduciendo el remake la variante más que cuestionable de la destrucción de la Luna debido a una explotación indebida…que se cae a pedazos…literalmente. Quizá el efecto análogo en la que protagoniza Rod Taylor sea la violencia tectónica desencadenada a partir de nuestros desmanes, “respondiendo a la violencia humana”. El tono prebélico quizá responda al clima posbélico y ¿prenuclear? de guerra fría en el que fue rodada. ¿El equivalente de principios del siglo XXI sería el cambio climático presuntamente originado por el hombre? Las alarmas, las sirenas, son el denominador común de todas sus incursiones al futuro: La especie humana no ha aprendido nada.

Rod y la chica del futuro

Sigamos hacia delante. Venga… ¿les parece bien el año 802.701 por la mañana? (913.812 en la segunda, ¿qué mas da? 111.111 años más que en la primera versión, otra anécdota) La apuesta de Wells es arriesgada en grado sumo y les recomiendo el editorial de Tiempos Futuros donde se detalla lo complejo que es adentrarse en un futuro tan lejano; que si le quita 800.000 años podría haber contado la misma historia, vamos. La humanidad se ha escindido en dos subespecies, eloi-mansurrones, bucólicos-y los temibles morlocks-“neandertalizados”, caníbales. Éstos, a pesar de su aparente menor inteligencia, se alimentan de los primeros sin rubor, pues como las hormigas disponen de una organización perfecta, una maquinaria bien engrasada-literalmente-mediante la cual por una puerta entran en la cinta trasportadora los que empiezan a peinar canas y por otra salen sus huesecitos. Extrapolando y siendo políticamente correcto, los morlocks y los eloi ¿serían los ricos y los pobres de nuestro tiempo? No lo sé ni me importa, la verdad.

El caso es que nuestros viajeros Taylor/Pearce averiguan que la especie humana, no sólo no ha aprendido nada, sino que ha olvidado todo lo anterior. Ni saben lo que es el fuego, ni saben leer, ni saben qué es el pasado. “¿Existe el pasado?” pregunta la ursulina Weena, la chica que bate sus pestañas frente a Rod Taylor (en el remake la cantante irlandesa Samantha Mumba es su homónima). Se encuentra a un tío que ha viajado en el tiempo más de 800.000 años y su gran preocupación es cómo llevan el pelo las mujeres de principios del siglo XX. Esto se obvia en la versión del 2002 pues un regimiento de feministas hubiera puesto el grito en el cielo, con razón. La noche es de los morlocks(1ª): Bajo una estética arquitectónica que podríamos calificar de “neo-maya”, que brota en medio de un paraje selvático, los borreguiles eloi se dejan comer hasta que el héroe de otro tiempo viene a salvarles, dentro de esos templos desde los que se accede al mundo subterráneo. Muerto el morlock se acabó la rabia, el canibalismo y la movida.

Algunas luces y algunas sombras de la segunda versión: Las sombras se centran, a nuestro juicio, en la figura de Jeremy Irons, como actor y como siempre soberbio, pero inscrito en la historia con calzador; una especie de mulo asimoviano con poderes telepáticos, telequinéticos, líder de esa colonia de morlocks, que curiosamente no leer los pensamientos de Guy Pierce destinados a escapar y acabar con él. Es cierto que si esta subespecie no tiene muchas luces alguien tiene que gobernarlos para que sometan a los eloi pero…no sé, no me convence quizás por exceso de teatralidad (no en vano fueron los orígenes del excelente actor británico sobre las tablas). Un destello en medio de esa oscuridad: “Eres el resultado inevitable de tu tragedia… y yo soy el resultado inevitable de tu raza”. Algunas sombras más que desgranaré en el párrafo siguiente, junto a las de la primera versión.

Las luces, sin duda y como ya menté anteriormente, el bibliotecario virtual “fotónico” compendio de todo el saber humano. “Con estos fragmentos he apuntalado mis ruinas” cita a P.D. James, “muy deprimente”. “Henry James…, a ver…”-busca en la “P” el holograma: “Platón, Proust Poe Pinter… Quizás…Heminway,..¡sí!… Julio Verne…” “Imagínese como sería si lo recordáramos todo: Recuerdo el último libro que recomendé: “El Ángel que nos mira” de Tomas Wolfe”. Al final de la película él es el encargado de trasmitir la cultura a esa civilización desmemoriada, comenzando por los cuentos de Twain, para los niños… Por cierto, lo más parecido en literatura a este personaje-Fotónico-, el Bertrand Russell de “Los Océanos de Ío” de nuestro articulista y redactor Voyager. Más que recomendable: Imprescindible.

Como es mi obligación debo mirar con lupa los errores a nivel tecnológico/científico de ambas películas: ¿Qué energía impele a las máquinas del tiempo a través de los siglos? ¿Electricidad? Sí parece pero, ¿a través de un generador autónomo o de la red? En la primera versión, al parecer hay un corte en 1917 en el suministro pero no resuelven como es que sigue viajando una vez nuestra civilización ha quedado atrás, reducida el polvo. Vuelve a detenerse en 1966 a sólo 6 años vista de la realización de la película: Eso en mi pueblo se llama “no mojarse” siendo los autores ultra conservadores a la hora de dibujar el futuro. Una vez Rod Taylor llega a ese futuro remoto encontramos algunos errores antropológico que no se dan en la segunda versión: El más clamoroso es que los humanos son todos rubios y muy blanquitos y, siendo los responsables de tales características genes recesivos, no es descabellado (nunca mejor dicho) pensar que todos seremos, en un futuro remoto mulatos de cabellos oscuros, según apuntan muchos estudios genéticos. Por cierto, no hay mutaciones en los eloi cuestión más discutible en virtud de lo endogámico de su sociedad y su necesidad o no de adaptarse al medio.

La cuestión lingüística clama al cielo pues, de una manera u otra, conservan “la lengua de piedra” un inglés casi perfecto esos humanos de dentro de 8.000 siglos. Bueno, entiendo que la licencia artística es la patente de corso que pudieran esgrimir sus creadores para que tengamos manga ancha al respecto: Que es una peli. Vale, aceptamos inglés como lengua vehicular entre viajeros y “aborígenes del futuro”. En cuando al “atrezzo”, los morlocks de la primera versión, salvo alguna secuencia escalofriante, tienen las manos de trapo en la que casi se les ven las costuras, tipo teleñeco: “Hoooola, soy Morlock y hoy os voy a enseñar la diferencia entre antropofagia y alta cocina.” Sin embargo y gracias a los maravillosos píxeles, los neo-morlocks sí que acojonan que no veas. Se tratan de una especie de “Bob Marleys”, con sus rastas, pero con cuerpo de culturista estreñido y rostro neandertal, ojos de reptil, que saltan como felinos, fuertes y rápidos de narices. El caso es que el conjunto es escalofriante. (Ven como todo en la 2ª no es peor que en la 1ª).

Morlocks

Sin embargo en la última cometen algún error, a nuestro juicio, garrafal, consecuencia de mirarse demasiado el ombligo: ¿Cómo que “Brooklin Bridge”? Mirad, tíos, que ha pasado casi un millón de años. ¿Sabéis qué quedará del puentecito de marras, de la ciudad, del país al que alude indirectamente? Mil civilizaciones más poderosas sucederán al imperio actual por lo que es ridículo pensar que algo quede en pie, piedra sobre piedra. Que las pirámides tienen sólo 4.600 años y ya están medio gastaditas. Algo ya que no tiene nombre es cuando “viaja” al año 635.427.810 por la tarde-noche y ¡cáspita! La máscara gigante sigue en pie. No coments. Por otro lado, bien es verdad que se contemplan (magistralmente en la 2ª, por cierto), el paso de los periodos y épocas geológicas pero una supuesta máquina del tiempo tendría que situarse en la órbita terrestre o en un lugar inmune a los cambios físicos que acaecieran. Bueno, no ricemos el rizo demasiado que va a dar la sensación que no disfrutamos de ambas películas, algo muy alejado de la realidad. Esto último era por fastidiar un poco. Recomiendo “El Universo en una Cáscara de Nuez” de Stephen Hawking, para quien quiera profundizar técnicamente en los viajes temporales. Lo siento, Hawking”, esto te pasa por ser tan didáctico.

Al final de ambas versiones los eloi son liberados. ¿Quién dijo que los monos no hablaban porque si lo hicieran les obligarían a trabajar? Los eloi tienen ahora que buscarse la vida aunque, a cambio, pueden envejecer tranquilos sin estar en la sección de las carnes del menú de los morlocks; los viajeros en el tiempo que los liberaron dieron por hecho que preferirían ese cambio. Bromas aparte, y para concluir, ambas películas se ajustan-más o menos-a la novela de Wells, incidiendo ésta más en ensalzar valores, como la amistad la lealtad, el amor, y teniendo especial sensibilidad en los desequilibrios sociales-en este caso materializados en los eloi-temas que siempre le obsesionaron, así como el la dudosa supervivencia de la especie humana. La novela la escribió en sólo quince días, por encargo, y se convirtió automáticamente un hito en la historia de la literatura. Sus adaptaciones al celuloide, en especial la primera, recogen ese espíritu aventurero e inconoclasta que destilaban las páginas del libro.

¿”El Quijote”, “El amor en los tiempos del cólera” y “Cosmos”? ¿La Biblia, “Hamlet” y la serie “Fundación”? ¿La serie “En Busca del Tiempo Perdido”, “La Odisea” y “La Sombra del Viento”? ¿“Memorias de Adriano”, la serie de “El Clan de Oso Cavernario” y “Los Episodios Nacionales”? Si tuvieran que realizar un viaje en el tiempo,…¿qué tres libros se llevarían?. Uy, qué difícil.

(c), 2010 Ramón Galí. Crítica cinematográfica cedida por la revista Tiempos Futuros Future Times.
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